El científico grabó las psicofonías con una cinta extra de cromo y con un sistema de reducción del ruido de fondo. No se oía nada.
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Desgraciado el día en que el sudor, el cansancio y las emanaciones asfixiantes del asfalto hicieron que un buen hombre maldijera al sol. Enseguida se arrepintió de sus palabras cuando vio al astro ennegrecerse poco a poco como cubierto por una turbia nube inexistente, como tapado por un velo, como desengañado, como avergonzado, como nicotinizado, como si se disolviera en pecado, como si se pudriera, como si lo olvidásemos, como si cerráramos lentamente la tapa de su negro ataúd.
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Cuando les ofrezco a algunas de las chicas -bastante mediocres- que honran mi feligresía que me acompañe a mi celda y ella se excusa poniendo en su boca y en su entrepierna el nombre de Dios; no puedo dejar de pensar en El como en uno de los guardianes de harenes de los que he oído hablar. Supongo que como la de todos los eunucos, la de voz de Dios debe ser dulce como la de una niña. La Palabra debería ser, por tanto, divulgada no por esos sacerdotes de voces roncas y monótonas, sino por maricas que sin disimular su ramalazo y orgullosos, harían la misa mucho más entretenida a las señoras que discutirían sobre cual de sus párrocos alcanza la nota más alta al cantar.
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Sobre la paz quería segar muerte, bordar seda y en los dedos lacrimosos, para escribirte el placer de una novena, soñaba al viento soledad acompasada, grito en silencio, vergel de tus palabras, sortilegio, maravillar profundo que hiera en lo angosto de tus cauces el amarillo y sol fuente de piedra, baldía concha, secano tostado al alborear. Mañana de una realidad despierto y sudoroso en la desgracia como los perros señalando ambiguos tus carnes rosadas, tus puños de hiedra. Soltera, cansada, sombría, engañada, futura reina de los oros y las tierras, de los corazones infantiles, de las caricaturas abiertas, del ensueño matutino, de la ginebra olvidada por las mañas, de los trinos, de lo de la hoz segada, de la blanda arquería, de la nada si no eres.
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Yo tenía una novia que escribía baladas. Si no hubiera sido por eso, porque nunca me dejó descuartizar su abdomen y por esta maldita lepra que me ha convertido en un despojo irreconocible, podría haber sido feliz.
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Hay un hombre precioso luchando por salir de aquí. De aquí de esta hoja. De esta hoja, de esta casa. Pero al atravesar la puerta nadie va a recibirle con aplausos.
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Caminaban juntos y cayeron en un pozo. Mientras caían se miraban y mientras se miraban sonreían. " Todo va bien " dijo ella. Mierda. Abajo está el suelo.
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Había en un monasterio castellano un anciano monje que era sanamente envidiado por los demás por su reconocida fortaleza de espíritu y su santidad demostrada en la victoria sobre todas las tentaciones. Sucedió que un día fue atacado por unos terribles dolores de vientre que él atribuyó, seguro de su inquebrantable fe, a alguna nueva argucia del Maligno. Así que decidió continuar su vida normal dedicada a la traducción de antiguos manuscritos y se propuso aguantar sin hacer de vientre cuanto le fuera posible, para evitar ceder a la eliminación fácil del dolor físico con lo que lleva de carnal. Pasaron los días y así como crecían los dolores que se amontonaban y quebrantaban su cuerpo, que yacía postrado en la cama, su fe y su fortaleza de ánimo crecían también. No faltaron novicios que pensaran que aquello, más que otra cosa, era una prueba de orgullo. Encerrado en su celda y a base de pan duro, agua y oraciones se mantenía el santo viendo su cuerpo hincharse. Durante semanas los monjes no supieron nada del venerable anciano hasta que una mañana, reunidos todos en la capilla , fueron sobresaltados por un sobrecogedor estrépito, un trueno que hizo temblar las columnas del templo milenario. Pensaron los más catastrofistas en el fin del mundo y los más eruditos en alguna hecatombe natural. Mas cuando calmaron sus nervios y acudieron curiosos a la celda del santísimo anciano, descubrieron lo que por su olor hediondo y su aspecto como de plasma amorfo, no podían ser más que los restos de la aparición del mismo Belcebú que había venido a llevarse al anciano mártir del que no encontraron ni rastro.
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Mientras las olas rompen con violencia contra el acantilado, lejos de allí hay calma. La calma de un hombre erosionado. Si el hombre volviese a caer al mar, la sal y el agua no lo pulirían más, no lo harían más suave. Lo desgastarían para reducir su tamaño hasta que sólo fuese un millón de granos de arena en un universo de playas.
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Los ojos de la colegialas lloran la caída de las hojas. Vino aquel día un poeta, les arrancó los ojos y enamoró a las que no habían quedado ciegas y a las que sí.
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El azul de tus ojos es el del mar, el cielo, los pitufos.
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Y don Alonso Quijano dijo a Sancho Panza:
¿ Qué te preocupa si puedes beber hasta que sólo tengas alcohol en tus venas ?
¿ Qué te entristece si puedes correr hasta morir exhausto?
¿ Por qué te esfuerzas en quedar bien si puedes suicidarte y explicarlo todo en una nota?
¿ Para qué pides dinero si puedes coger un cuchillo y degollar a la mujer de tu vida?
Sancho bajó la mirada y se volvió meneando la cabeza y temiéndose lo peor.
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Nunca se había fijado en los sapos más que cualquier otro. Sabía, sí, que eran beneficiosos y todo eso, pero no le eran especialmente agradables. Aquel día, sin embargo, cuando su hermano mató aquel hermoso ejemplar le sobrecogió tanto la imagen del animal moribundo que nunca más volvió a mear fuera de la taza.
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...y se rompió un dedo en el universo.
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"Poemario triste por una ilusión descontrolada". Y tras un título así el joven poeta, aterrado ante el infinito, sólo inventó una palabra. Olvido las que tenía preparadas para los cisnes y para las muchachas. La palabra le cubría, le observaba, revolucionaba el mundo y sus entrañas. Sólo se le ocurrió al solitario príncipe la palabra más cruel y despiadada. Una que era tan grande como tu alma, que era tan hostil como mis armas. Se le ocurrió "yo" y ya no pudo nada.
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Y ya decidido, entregado, omnipotente, el joven poeta se arrojó sin miedos al estanque donde se extinguía, pestilente, la última trucha.
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Y nunca había sentido ese dolor profundo, dominante, invencible, excepto cuando aquellos salvajes le arrancaron los brazos.
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Se le apareció Dios rodeado de destellos, le dijo que no había más vida que esta y le ordenó que hiciese lo que le diese la gana.
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Era una jaula hecha con tanta tristeza que se necesitaba en vuelo de un pájaro para llenarla.
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El abuelo de un joven poeta le dijo el otro día: hay más historia en un vaso vacío que en un generador de rayos catódicos.